lunes, 29 de junio de 2009

El diálogo



El diálogo no es otra cosa que una conversación entre dos o más personas, en la que estas manifiestan sus ideas, sentimientos, dudas, temores, apariencias, etcétera. Sin duda, es el diálogo la puerta entreabierta para conocer, más directa y profundamente al personaje. Las cualidades que debe tener son viveza, naturalidad, propiedad y significación.
a) Viveza. Es aquella en la que los personajes permiten conocer sus ideas por medio del diálogo, reflejando en sus matices los conceptos, sentimientos y hechos que cobran vida en el texto. El sentido de realidad sólo se logra con un diálogo vivo, sugerente, lleno de vitalidad y emoción.
b) Naturalidad. El diálogo debe reflejar de manera natural las condiciones, tiempo, espacio y acción de los personajes. Es necesario huir de lo rebuscado, del amaneramiento, de la pedantería léxica. Sólo es posible emplear lenguaje rebuscado cuando queremos ambientar al personaje en una situación, características, lugar o época determinados.
c) Propiedad. Cada personaje es diferente, y por lo tanto, cada uno debe hablar de una manera particular que le caracterice. El sujeto deberá emplear un lenguaje acorde a su condición social, cultural, etcétera. De esta manera no podemos poner un lenguaje de gobernante en un obrero, o un lenguaje de intelectual en un adolescente; porque reflejaríamos características de personalidades inadecuadas.
d) Significación. El diálogo debe ser significativo, las palabras deberán tener un sentido dentro del contexto, cuidando de no emplear la trivialidad, a menos que esta nos sirva, deliberadamente, para pintar a un personaje con características de mediocridad e intrascendencia.

DIÁLOGO DRAMÁTICO

El diálogo dramático debe contar con mayor fuerza significativa, pues en él recae el peso de la obra. En el drama no contamos con recursos narrativos, descriptivos y expositivos; por lo que la trama depende totalmente del diálogo. El diálogo dramático exige sobre todo contenido y variedad, esta última, pues en el manejo del diálogo y por medio de diferentes variedades de lenguaje es, que podremos diferenciar entre uno y otro personaje. Puede estar escrito en verso o en prosa, pero en ambos casos, cada palabra deberá estar cargada de significación.
El diálogo es un recurso importante del teatro, que constituye su más pura expresión; del cine, donde este se funde con elementos plásticos y acústicos para dar sentido y profundidad a la obra; y la narración donde constituye la expresión oral de los personajes.

CONSEJOS PRÁCTICOS

El diálogo exige movimiento, rapidez, elegancia concisa y verosimilitud. No puede escribirse en el mismo tono de la narración porque pierde vivacidad; requiere de frases concebidas de otro modo, más cortas y elípticas; las respuestas deben ser rápidas y precisas; hay que evitar la trivialidad, la bajeza y la tosquedad; no es sólo preguntas y respuestas sino que debe traslucir la verdad de los personajes y la lógica de los sentimientos.

EJEMPLOS DE DIÁLOGO

Aquí veremos dos ejemplos “La aldea perdida” de Armando Palacio Valdez y “Pequeñeces” de Luis Coloma.

“La aldea perdida. (Nolo y Demetria)
Chirrió un balcón; se asomó una cabeza.
-¡Nolo!
-¡Demetria!
-Da la vuelta en la esquina y arrímate a esta ventana de rejas.
El joven hizo como se le mando. Entró en la estrecha callejuela y se acercó a la ventana. Un minuto después una linda frente coronada de cabellos rubios se apoyaba en la reja.
-¿Cómo estás aquí?
-He venido a la feria para marcar una yegua.
-¡Qué salto me dio el corazón cuando oí tu voz! Temía engañarme. Por eso aguardé a que cantases otra vez; pero te había oído muy bien la primera. ¿Y cómo han quedado todos allá arriba?
-Buenos y recordándote sin cesar… ¡No sabes cuánto lloró la tía Felicia!
-¡No será más que yo! -exclamó sordamente la joven.
Hubo algunos momentos de silencio.
-¿Cuándo piensas marcharte?
-Mañana bien temprano.
-¿Y te ibas sin darme aviso de que estabas aquí?
Nolo vaciló, y dijo, sonriendo melancólicamente:
-Pensaba que no te importaba mucho el verme.
-¿Y por qué pensabas eso? -preguntó con inocencia Demetria.
-Porque…, porque tú eres una señorita y yo no soy màs que un pobre aldeano.
-¡No esperaba eso de ti, Nolo! -exclamó ella cerca de romper a llorar. -¿Te he dado algún motivo para sospechar que ya no te estimaba como antes? ¿Has sabido de alguno de por allá que no le haya hablado como siempre cuando lo vi por aquí? ¿Piensas que soy señorita, que visto este traje por mi gusto?… ¡No; si pudiera, no lo vestiría!… ¡Desde que vine a este pueblo soy tan desgraciada!… ¡Si supieras, Nolo, que desgraciada soy!”

“Pequeñeces.
-Pero ¿por qué no firmar?… ¿Qué encuentras en ello de malo?
-Porque…, porque…, porque firmar eso es renunciar a mi dignidad de marido.
-¿A tu dignidad de marido?… Pues ¿no decías hace un momento que tan solo el reparo que este papel allana te había hecho vacilar al intentar lo que intentas?
-Es que ese papel rebaja mi dignidad.
-Ese papel realza y asegura tu dignidad ante la opinión pública…
-Cuando se trata del honor hay que prescindir de la opinión.
-¿Prescindir de la opinión?… Pues ¿no decías ahora mismo que lo que se dice de los hombres, sea o no cierto, ocupa, de ordinario, tanto lugar en la vida como lo que realmente han hecho?
-Hay casos en que el testimonio de la propia conciencia es, para el hombre de honor, suficiente…
-Pero ¡Hombre… de honor!… ¡Si me decías hace un momento que, aunque la virtud dependa de nuestras propias acciones, la honra depende de la opinión ajena!…
Jacobo forcejeaba, como el lobo cogido en la trampa, para buscar una salida; y, no hallándola, exclamó al fin, rompiendo el freno de las formas, último que suele romper el más inepto de los diplomáticos;
-¡Política romana, con todas sus hipócritas bajezas y sus intrigas de sacristía!…
-¡Cuidado con lo que dices Jacobo! -exclama enérgicamente la marquesa. -¡Mira que me autorizas a pensar que tu política bismarckiana oculta alguna vileza!
-¡La tuya si que oculta una intriga en que asoma la mano del padre Cifuentes!…
-¿La mano del padre Cifuentes?… ¡Pobre padre Cifuentes!… La descubrirás tú, sin duda, desde aquella montaña de Tai-Sam a que subiste hace poco… Yo, como vivo en terreno llano, no la descubro.
Jacobo, golpeando con ambos guantes la tapa de la mesa, guardaba silencio. La marquesa le preguntó al cabo, sin perder su serena calma:
-¿Conque definitivamente no firmas?
-No firmo –replicó Jacobo con ira.
_Pues conste que si la reconciliación no se efectúa, tú tienes la culpa; que tu mujer ha cedido cuanto es posible ceder, y tú… tú… tú mismo, por una obcecación bien sospechosa, destruyes todo lo hecho…”

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